Con la mirada al frente, el mono en la cintura y el caminar madrileño pisando la tierra de La Pampa argentina, Carlos Sainz estaba preocupado un día antes de hacer historia. “Tranquilo Carlos, que vas a ganar igual”, le dijo alguien. “Si, pero es que el polvo… Hay que tener cuidado”, se fue hablando para sí mismo, concentrado en su misión. Partía con 2:48 minutos de ventaja sobre Al Attiyah y el polvo de los coches que le precedían era el gran peligro. La organización no quiso que salieran cada tres minutos. Dio igual. Porque ayer, en Buenos Aires, por primera vez en las 32 ediciones del Dakar, un español consiguió el triunfo en coches.
Finalmente fue segundo en la especial tras su compañero, un duro, rápido y tenaz piloto qatarí, que no ha podido con el piloto al que él mismo definió, en la Ruta de la Seda, como “un gran maestro, un ídolo para mí”. El árabe se impuso en su cuarta etapa de este año con 36 segundos sobre Sainz y dejó la ventaja del bicampeón del mundo de rallys en 2:12, la más pequeña de siempre en esta carrera.
Sainz, junto a un inmenso Lucas Cruz, ha ganado porque es el mejor piloto, lo venía mereciendo desde varios años atrás y esta vez lo ha conseguido, imponiéndose en menos etapas que nunca, sólo dos, pero ya sabe que esta carrera de locos es muy larga y sólo vale lo que sucede al final. Y tras más de nueve mil kilómetros, tras 47 horas y 10 minutos subido en el coche, el primero en la clasificación es una leyenda de España, un grande de nuestro deporte llamado Carlos Sainz.

